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Tristeza

Y esta tristeza, a través de siglos y siglos, en un pueblo pobre, en que los inviernos son crueles, en que apenas se come, en que las casas son desabrigadas, ha ido formando como un sedimento milenario, como un recio ambiente de dolor, de resignación, de mudo e impasible renunciamiento a las luchas vibrantes de la vida.

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Restitución

Aclarando citas

En El gato encerrado, libro que se publicó por entregas en el suplemento del Diario de Jerez en 1989 y en 1990 en la editorial Pre-Textos, puede leerse: “Si Cervantes viviera, el primer Premio Cervantes se lo hubiera llevado Lope de Vega. Sin dudarlo”. Durante todo este tiempo siempre he creído que ese aforismo era mío. Solo porque lo ha visto uno citado muchas veces por ahí con mi nombre, me decido a circular este ruego. En el artículo La tercera verdad de Javier Cercas, publicado en Babelia el sábado 25 de junio, se dice: “Como dijo José María Valverde, Cervantes nunca habría ganado el Premio Cervantes”. Aunque Machado afirmara en Los Complementarios que admiraba mucho a Virgilio, entre otras razones porque en sus versos había los de otros muchos a los que ni siquiera se tomaba la molestia de citar, y después de hacer algunas búsquedas infructuosas en Internet, le agradecería a Cercas, o a cualquier lector si él no pudiera precisarlo, me indicaran dónde y cuándo dijo eso nuestro admirado José María Valverde, para no hacer pasar en el futuro por mío lo que podría no serlo, por poco que sea. ANDRÉS TRAPIELLO El País, Cartas al Director, 28/06/2011,

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De la restitución del honor, y fama

P. ¿De qué manera se debe restituir el honor quitado? R. Que el honor puede ofenderse positive,o negative. Se ofende negative, cuando se omite dar el honor debido; como si pasando por delante el Prelado, no se levanta el súbdito, o no descubre la cabeza, o no le hace la venia. Cuando de esta manera se falta al honor, bastará suplir la reverencia, y acatamiento que omitió. Y debe observarse, que en la omisión dicha sólo se peca contra observancia, piedad o caridad según fuere el Superior, mas no contra justicia, a no ser que alias sea la omisión contumeliosa, en cuyo caso, además de la satisfacción, se debe restituir el honor del modo que luego diremos.
Si el honor se ofende positivamente por acciones, o palabras contumeliosas, como hiriendo al sujeto con alguna caña, o dándole una bofetada, debe restituírsele en público o en secreto, conforme al modo de quitárselo u ofenderlo. Mas no es preciso que esta restitución la haga personalmente el mismo ofensor; pues basta lo ejecute por medio del Confesor o de otra persona amiga, pidiendo perdón del agravio o de otro modo conveniente, según las circunstancias del ofensor, y de la persona ofendida. El mejor entre todos es, pidiendo humildemente perdón [645] de la injuria hecha; si bien esta manera de satisfacción no siempre es conveniente a los Prelados, y Superiores respecto de sus súbditos e inferiores: ne dum nimium servatur humilitas, regendi frangatur autoritas, como dice S. Agustín en su Regla.
P. ¿Es suficiente el pedir perdón en cualquier injuria, aunque sea gravísima? R. Que no; porque si uno hiriese a un sujeto de mucha suposición, y distinguido carácter con una caña, o lo matase de otra manera afrentosa, además de pedirle perdón de la injuria, pide la justicia, le dé satisfacción más completa, o poniéndosele de rodillas, o besándole la mano, o haciendo otra humillación semejante.
P. ¿Queda desobligado el que injurió a otro de restituirle el honor, si después trata el ofendido familiarmente con él? R. Que no; porque bien puede haber esta familiaridad entre ambos, sin que el agraviado remita el agravio; así como puede haberla entre un deudor, y un acreedor, sin que éste remita la deuda a aquél. Igualmente está obligado el ofensor a la dicha satisfacción, aunque el ofendido no la pida, ni el juez le compela a ella, por deber darla por una obligación de derecho natural, que liga ante toda sentencia, y sin necesitar de que la parte pida su cumplimiento.
P. ¿Qué, y cuándo está obligado a restituir el murmurador? R. Que el detractor injusto está obligado a restituir la fama del que infamó, y todos los daños per se seguidos de la infamia, ya sea que imponga delito que no ha cometido el infamado, o que descubra el oculto cometido. Mas no está obligado a restituir los daños que se siguieron per accidens de la infamación; como si el infamado poseído de la melancolía por su infamia se desesperase, o muriese. Todo lo dicho debe entenderse cuando en la infamación se cometa pecado contra justicia; pues sin él no resulta obligación de restituir. Mas si uno infamase al prójimo sólo materialmente, juzgando, o por inadvertencia, o por ignorancia invencible, que el delito era público, estaría obligado de justicia a resarcirle la fama luego que entendiese su equivocación, pudiendo hacerlo sin especial incomodo; así como el poseedor de buena fe está obligado [646] a restituir lo que es ajeno, luego que entiende que lo es. No pasa la obligación de restituir la fama a los herederos del infamador difunto, por ser esta obligación personal; mas pasa la de restituir los daños que se hayan seguido, porque esta obligación es real.
P. ¿Debe el infamador restituir la fama no solo a la presencia de los que le oyeron, sino a la
de aquellos a quienes esto lo dijeron? R. Que el murmurador que se persuadió, que los que le oían a él, no habían de manifestarlo a otros, sólo estará obligado a restituir la fama a la presencia de sus auditores inmediatos; por el contrario si sabía, o dudaba el murmurador sobre el secreto de estos, o que lo habían de contar a otros, deberá en defecto de los que lo contaron, restituir la fama también a la presencia de los inmediatos auditores; porque con su murmuración fue causa per separa que la infamia se divulgase.
P. ¿En qué manera se debe hacer la restitución de la fama? R. 1. Que el que infamó imponiendo algún delito falso al infamado, está obligado a retratarse, declarando haber sido falso lo que dijo. Si no bastare el simple dicho, deberá jurarlo, para que se le dé más crédito; y si aun esto no fuese suficiente, está obligado a producir testigos, si los hubiere que declaren la verdad. Y si practicado todo lo dicho, no quieren los que lo oyeron dar crédito a la retratación, a nada más estará obligado; pues ya se debe imputar la calumnia a los que no quieren mudar de concepto, y a su malicia y obstinación.
R. 2. Que si el prójimo fue infamado por manifestar de él algún crimen verdadero oculto; deberá el infamado protestar que dijo mal, y que lo infamó injustamente. Si esto no fuere suficiente, deberá del mejor modo que pueda, y sin faltar a la verdad, mirar por su fama, o alabando sus virtudes, dotes y prendas, u honrándolo y ensalzándolo, o de otra manera que a juicio prudente se crea la más a propósito para reintegrarlo en su fama. Así Sto. Tomás 2. 2., q. 62, a. 2, ad. 2. Si la fama no se pudiere reparar de modo alguno, se deberá compensar con dinero el agravio; porque la fama se debe compensar del [647] mejor modo que se pueda; y así si no se puede de otro modo que con dinero, habrá obligación a ello.
P. ¿Cesa la obligación de restituir la fama por la compensación, guardándose en ella la debida igualdad? En esta cuestión se han de suponer tres cosas. La primera, que no es lícito para recuperar uno su fama, infamar a otro; por no ser este medio apto para ello. La segunda, que si la infamia es desigual, no se puede compensar una con otra; porque la compensación pide igualdad. La tercera, que si el que infamó está pronto a restituir de otro modo la fama, no se puede usar de dicha compensación por el infamado; porque la compensación no tiene lugar, cuando el deudor quiere satisfacer la deuda. La cuestión pues procede cuando dos mutuamente se infamaron, y uno de ellos no quiere restituir al otro la fama, siendo igual o casi igual la injuria; ¿si en este caso podrá el otro diferir por su parte la restitución, no por venganza, sino para que su satisfacción no sirva a confirmar su infamia propia? R. Afirmativamente, según consta de lo dicho en el Tratado 19, Punto 15.

Compendio moral salmaticense Tratado veinte y uno. Del octavo precepto del Decálogo. Capítulo segundo. Del honor, fama, y de sus contrarios

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El tiempo hace su oficio

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Retrato

His cheek was fair, his chin downy, his hair flaxen, his hat a white fur one, with a long fleecy nap. He had neither trunk, valise, carpet-bag, nor parcel. No porter followed him. He was unaccompanied by friends. From the shrugged shoulders, titters, whispers, wonderings of the crowd, it was plain that he was, in the extreme sense of the word, a stranger.

Herman Melville, The Confidence-Man: His Masquerade.

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Babel sobre Keats

Ode on a Grecian Urn I Thou still unravish’d bride of quietness, Thou foster-child of silence and slow time, Sylvian historian, who canst thus express A flowery tale more sweetly than our rhyme: What leaf-fring’d legend haunts about thy shape Of deities or mortals, or of both, In Tempe or the dales of Arcady? What men or gods are these? What maidens loth? What mad pursuit? What struggle to escape? What pipes and timbréis? What wild ecstasy? II Heard melodies are sweet, but those unheard Are sweeter; therefore, ye soft pipes, play on; Not to the sensual ear, but, more endear’d, Pipe to the spirit ditties of no tone: Fair youth, beneath the trees, thou canst not leave Thy song, ñor ever can those trees be bare; Bold Lover, never, never canst thou kiss, Though winning near the goal -yet do not grieve; She cannot fade, though thou hast not thy bliss, For ever wilt thou love, and she be fair! III Ah, happy, happy boughs! that cannot shed Your leaves, ñor ever bid the spring adieu; And, happy melodist, unwearied, For ever piping songs for ever new; More happy love, more happy, happy love! For ever warm and still to be enjoy’d, For ever panting, and for ever young; AU breathing human passion far above, That leaves a heart high-sorrowful and cloy’d, A burning forhead, and a parching tongue. IV Who are tríese coming to the sacrifice? To what green altar, O mysterious priest, Lead’st thou that heifer lowing at the skies, And all her silken flanks with garlands drest? What little town by river or sea shore, Or mountain-built with peaceful citadel, Is emptied of this folk, this pious morn? And, little town, thy streets for evermore Will silent be; and not a soul to tell Why thou art desoíate, can e’er return? V O Attic shape! Fair attitude! with brede Of marble men and maidens overwrought, With forest branches and the trodden weed; Thou, silent form, dost tease us out of thought As doth eternity: Cold Pastoral! When oíd age will this generation waste Thou shalt remain, in midst of other woe Than ours, a friend to man, to whom thou say’st, ‘Beauty is truth, truth beauty,’ -that is all Ye know on earth, and all ye need to know. Oda a una urna griega I Tú, novia intacta aún, de la quietud; del Silencio adopción, del Tiempo lento; silvana historiadora que mejor que mis rimas relatas dulcemente: ¿Qué leyenda, rodeada de hojas, vive en tu forma? ¿De dioses? ¿de mortales o de ambos a la vez, en los valles de Arcadia o de Tesalia? ¿Qué dioses o qué hombres son ésos? ¿Qué doncellas reacias, perseguidas? ¿Qué lucha por huir? ¿Qué flautas, qué tambores? ¿Qué forestal visión? II Si es dulce el canto oído, el no escuchado lo es más aún. Sonad, pues, suaves flautas, no al oído sensual, sino al espíritu, con delicia de canto sin sonido: No puedes bajo los árboles, hermosa joven, dejar tus sones; no pueden ellos nunca desnudarse de hojas; atrevido amante, nunca, nunca la podrás besar, ¡tan cerca de lograrlo! -pero no has de entristecerte; no puede ella marchitarse, y aunque no obtendrás tu dicha, ¡amarás eternamente y ella siempre será hermosa! III ¡Ah, felices, felices ramas! nunca sin hojas, en eterna primavera; y músico feliz, que infatigable tocas siempre en tu flauta cantos nuevos; pero aún más el amor, ¡amor feliz! por simpre ardiente y presto a disfrutarse, palpitante por siempre y siempre joven; todo alejado del ansiar humano que agota y entristece corazones, reseca el paladar, la frente inflama. IV ¿Quiénes son los que van al sacrificio? ¿A qué altar, misterioso sacerdote, llevas esa novilla que a los cielos muge, el lomo sedeño engalanado? ¿Qué ciudad junto a un río o en la marina, o entre montes, en paz, esta mañana devota, sin sus gentes se ha quedado? Tus calles, oh ciudad, estarán por siempre en silencio, y jamás podrá tornar alguien que diga por qué estás desierta. V ¡Ática forma! ¡hermosa prestancia! con casta de marmóreos personajes, con ramajes y yerbas pisoteadas; tú, forma silenciosa, nos arrancas del pensamiento, tal la eternidad. Cuando la vejez abata la actual generación, en medio de otras miserias, permanecerás, amiga de los hombres, y dirás: “Es la belleza verdad y la verdad es belleza”: esto es cuanto en la tierra sabéis, no hace falta más. (Recreación de J. David Pujante) Oda a una urna griega I Tú, ¡novia aún intacta de la tranquilidad! ¡Tú, hija adoptiva del silencio y del tardo tiempo, historiadora selvática, que puedes expresar un cuento adornado con mayor dulzura que nuestra rima! ¿Qué leyenda con guirnaldas de hojas ronda tu forma de deidades o mortales, o de ambos, en Tempe o en las cañadas de Arcadia? ¿Qué hombres o dioses son ésos? ¿Qué doncellas reacias? ¿Qué loco propósito? ¿Qué lucha por escapar? ¿Qué caramillos y panderos? ¿Qué loco éxtasis? II Las melodías conocidas dulces son, pero las desconocidas aún son más dulces; así vosotros, suaves caramillos, tocad: no para el oído sensible, sino, más queridos, tocad para el espíritu cantinelas sin tono. Hermosa juventud, debajo de los árboles no puedes dejar tu canción, ni nunca esos árboles quedarse dormidos; atrevido amante, nunca, nunca podrás besar, aunque triunfante estés a un paso de la meta, pero no te lamentes, ella no se desvanecerá, aunque tú no tengas tu deleite, ¡pues por siempre amarás y hermosa ella será! III ¡Oh, alegres ramas que no podéis arrojar vuestras hojas, ni despediros de la primavera; y feliz músico, infatigable, siempre tocando canciones por siempre nuevas! ¡Amor más feliz!¡Más feliz, feliz amor! Siempre cálido y aún por gozar, siempre anhelante y por siempre joven: respirando muy por encima de la pasión humana, que deja el corazón muy triste y hastiado, frente enfebrecida y lengua agostada. IV ¿Quiénes se acercan al sacrificio? ¿A qué verde altar, oh misterioso sacerdote, llevas esa vaquilla que muge al cielo, con sus sedosos flancos con guirnaldas adornados? ¿Qué pueblecillo junto al río o la costa marina, o construido en la montaña, con pacífica ciudadela, se ha quedado vacío de su gente, esta piadosa mañana? Y, pueblecillo, tus calles para siempre estarán en silencio y ni alma que diga por qué estás desierto, podrá regresar nunca. V ¡Oh forma ática! ¡Bella actitud! Con guirnaldas de marmóreos hombres y doncellas muy bien tallados, con ramas de bosques y la hierba hollada; tú, forma callada, nos tientas al pensamiento de igual forma que la eternidad:¡fría égloga! Cuando la vejez desgaste esta generación, tú seguirás en medio de otro dolor, que no el nuestro, amiga del hombre, a quien dices: “la belleza es la verdad, la verdad belleza”; esto es todo lo que sabes de la tierra, y todo lo que saber necesitas. (Traducción de Martín Triana) Oda a una urna griega Tú, todavía virgen esposa de la calma, Criatura nutrida de silencio y de tiempo, Narradora del bosque que nos cuentas Una florida historia más suave que estos versos. En el foliado friso, ¿qué leyenda te ronda De dioses o mortales, o de ambos quizá, Que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia? ¿Qué deidades son esas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes? ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir? ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí? Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas; Sonad por eso tiernas zampoñas, No para los sentidos, sino más exquisitas, Tocad para el espíritu canciones silenciosas. Bello doncel, debajo de los árboles tu canto Ya no pedes cesar, como no pueden ellos deshojarse. Osado amante, nunca, nunca podrás besarla Aunque casi la alcances, mas no te desesperes: Marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia, ¡Serás su amante siempre, y ella por siempre bella! ¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes que no despedirán jamás la primavera! Y tú, dichoso músico, que infatigable Modulas incesantes tus cantos siempre nuevos. ¡Dichoso amor, aún más dichoso! Por siempre ardiente y jamás saciado, Anhelante por siempre y para siempre joven; Cuán superior a la pasión del hombre Que en pena deja el corazón hastiado, La garganta y la frente abrasadas de ardores. Éstos, ¿quiénes serán que al sacrificio acuden? ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante, llevas esa ternera que hacia los cielos muge, los suaves flancos cubiertos de guirnaldas? ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar, alzada en la montaña su calma ciudadela vacía está de gentes esta sacra mañana? Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas Tus calles quedarán, y ni un alma que sepa Por qué estás desolado, podrá nunca volver. ¡Ática imagen! ¡Bella acritud, marmórea estirpe de hombres y de doncellas cinceladas, con ramas de floresta y pisoteadas hierbas! ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede como la Eternidad! ¡Oh fría pastoral! Cuando a nuestra generación destruya el tiempo Tú permanecerás, entre penas distintas De las nuestras, amiga de los hombres, diciendo: “La belleza es verdad y la verdad belleza”… Nada más Se sabe en esta tierra, y no más hace falta. (Traducción de Julio Cortázar) Oda a una urna griega ¡Oh tú, inviolada novia del reposo! Tú, hija del Silencio y el espacioso Tiempo, historiadora rústica que sabes expresar un cuento de un modo más dulce que esta rima. ¿Qué leyenda ornada de hojas te rodea de dioses o mortales, o se trata de ambos, en Tempe o los valles de la Arcadia? ¿Qué hombres o dioses esos? ¿Qué reacias doncellas? ¿Qué búsqueda insensata? ¿Qué esfuerzo por huir? ¿Qué caramillos y panderos? ¿Qué éxtasis? Melodías que han sido escuchadas son dulces, inauditas son más: sonad pues, caramillos, pero no en el oído, sino más seductores, tocad para el espíritu cancionetas sin tono. Hermosísima joven, nunca cesa tu canto debajo de esos árboles que no pierden sus hojas; intrépido amante, nunca logras tu beso aun estando tan cerca; pero no te lamentes, ella no ha de esfumarse aunque no halles tu dicha, ¡amarás para siempre y será siempre hermosa! Felicísimas ramas que ni aun despediros podéis de vuestras hojas ni de la primavera; y músico feliz que incansable interpretas para siempre canciones nuevas ya para siempre; ¡amor más que feliz!, ¡más que feliz amor!, para siempre cálido y presto a ser disfrutado, para siempre anhelante y para siempre joven. Aquí todo respira pasión sobrehumana que deja el corazón apenado y ahíto, abrasando la frente y la lengua reseca. ¿Quiénes son los que vienen hacia el sacrificio? ¿A qué verde altar, extraño sacerdote, guías esa novilla que muge a los cielos con sus sedosos flancos ornados de guirnaldas? ¿Qué pueblecillo próximo a un río o al mar, o alzado en la montaña con su alcázar pacífico, se vacía de gente esta pía mañana? Pueblecillo, tus calles en silencio estarán para siempre y ni un alma que diga por qué estás tan desierto ha de tornar. ¡Oh pieza ática! ¡Qué bellamente dispones sobre el mármol excelentes varones y labradas doncellas junto a hierbas y ramas! Tú excedes, callada forma, al pensamiento como la eternidad. ¡Oh fría Égloga! Cuando la edad consuma esta generación continuarás en medio de otro dolor que el nuestro como amiga del hombre al que dices: “la belleza es verdad, la verdad es belleza; esto es cuanto sabes y saber necesitas”. (Traduccción Rafael Lobarte) Oda a una urna griega Tú, la novia inviolada del reposo, hija del lento Tiempo y el Sosiego, silvana poeta, cuenta tu frondoso poema, más dulce que éste que yo alego: ¿qué leyenda foliada te rodea, de hombres o de deidades, de los dos, en Tempe o en la Arcadia pastoral? ¿De qué huyen las doncellas? ¿Y ese dios? ¿O es mortal? ¿Quién acosa y quién pelea? ¿Y aquellas flautas? ¿Qué éxtasis brutal? Al oído las músicas son bellas, pero más las que no se escuchan: suenen, flautas, no las que se oyen, sino aquellas calladas que a las almas enajenen: joven del árbol, no podrás dejar tu canción ni aquel árbol caer sus ramas; nunca, nunca podrás besar, amante, aunque estés cerca; no hay por qué llorar: que aunque no seas feliz, ella no obstante será por siempre hermosa y tú la amas. Ah, feliz, feliz árbol, no dirás adiós ni a hojas ni a la Primavera; y feliz melodista, que tenaz tocas siempre tu flauta cancionera; ¡Y el amor, más feliz! ¡Feliz amor! Siempre ardiente mas nunca disfrutado para siempre jovial, siempre anhelante; muy por encima del humano ardor que deja el corazón de pena hastiado, la frente en fiebre, el hálito quemante. ¿Quiénes al sacrificio están viniendo? Sacerdote, ¿a cuál verde altar orientas al ternero que al cielo va mugiendo, ornado con guirnaldas opulentas? ¿Qué aldea, junto al mar o junto al río o en la falda de un monte en pía calma, sin gente esta mañana se ha quedado? Aldea, para siempre habrá un vacío en tus mudos senderos, y ni un alma dirá por qué está todo desolado. Ática pieza, qué hermoso entramado de elaborados hombres y mujeres, con ramas y con hierbas matizado; con tu callada forma nos sugieres la misma eternidad. Cuando el proceso de los años agote nuestra edad, las penas de otros hombres has de ver, siempre amiga, diciendo: “la verdad es lo bello, y lo bello, verdad: éso es todo lo que puedes aprender”. (Traducción de Leandro Fanzone, ) Oda a una urna griega I ¡Tú, aún no mancillada novia de la calma!, ¡tú, criatura alimentada por el silencio y por el lento tiempo, historiadora del bosque, que así expresar puedes un florido relato de forma más dulce que nuestras rimas!: ¿qué leyenda con hojas orlada vaga en torno a tu figura, ya de deidades, de mortales o de ambos, situada en el Tempe o en los valles de Arcadia? ¿Qué hombres o dioses son ellos?, ¿qué esquivas doncellas?, ¿qué persecución delirante?, ¿qué lucha por escapar?, ¿qué flautas y panderos?, ¿qué éxtasis salvaje? II Dulces son las melodías oídas, pero aquellas nunca oídas mucho más dulces son aún; por lo tanto, seguid tocando, suaves flautas, no para el sensual oído, sino, más encariñadas, tocad canciones silenciosas para el alma. Bello joven, bajo los árboles, no puedes tú abandonar tu canto, así como tampoco pueden quedar sin hojas esas ramas. Osado amante, nunca, nunca podrás tú besarla, por mucho que a sus labios te acerques; mas no te aflijas: nunca podrá ella marchitarse, aunque no puedas tú la dicha alcanzar, ¡por siempre tú amarás, y ella hermosa permanecerá! III ¡Ah, felices, felices ramas, que no podéis perder las hojas, ni decir jamás adiós a la perenne Primavera!; ¡y tú, feliz melodista, que, infatigable, por siempre entonas con tu flauta canciones nuevas!; ¡y tú, amor, aún más feliz, más feliz, feliz amor, por siempre cálido y aún por ser disfrutado, por siempre anhelante y por siempre joven!, todos muy por encima de la pasión humana, la cual nos deja siempre el corazón triste y hastiado, la frente ardiente y la lengua penosamente abrasada. IV ¿Quiénes son aquellos que se dirigen hacia el sacrificio? ¿A qué verde altar, oh, misterioso sacerdote, conduces tú a esa ternera que al cielo muge con sus sedosos flancos por guirnaldas cubiertos? ¿Qué pequeña aldea con río o costa lindante, o sobre montaña construida con pacífica ciudadela, quedó vacía de sus gentes esta piadosa mañana? ¡Ah, pequeña aldea, tus calles por siempre en silencio quedarán, y ni un alma para explicar por qué tú desolada estás podrá jamás retornar! V ¡Oh, figura ática!, ¡noble actitud!, profusamente ornada con hombres y doncellas en mármol cincelados, con ramas de bosques y con hierbas holladas; ¡tú, forma silenciosa!, que nos sumes en el pensamiento tal como la eternidad lo hace, ¡oh, fría pastoral!: cuando la vejez consuma a esta generación, tú sobrevivirás, entre aflicciones distintas a las nuestras, como una amiga para el hombre, a quien dices: «La belleza es verdad, la verdad, belleza»; eso es todo lo que sabes en la tierra, y todo lo que saber necesitas. (Traducción de E.) Silencio

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Etcétera

Chronologie

par Bernard Gauthier et Alexandre Gefen
1867: naissance de Marcel Schwob à Chaville le 23 août. Son père, George Schwob, est proche de Théodore de Banville et de Théophile Gautier, participa au Corsaire Satan de Baudelaire, et signe avec Jules Verne une pièce de théâtre ; mêlé au mouvement fouriériste, il vécut dix ans en Egypte comme chef du cabinet du ministre des affaires étrangères.

Sa mère, Mathilde Cahun, est issue d’une famille d’origine alsacienne, remontant jusqu’à selon une légende familiale jusqu’à saint Louis (Caym de Sainte-Menehould, que Joinville avait emmené outremer). Les Cahun forment une longue lignée d’intellectuels juifs (l’arrière-grand-père de Marcel, Anselme Cahun, fut président du Consistoire israélite au temps du Concordat), dont la très haute culture et le patriotisme feront toujours l’orgueil de Marcel.

1876: la famille se fixe à Nantes, où George Schwob acquiert le Phare de la Loire, principal journal républicain de la région. Les parents donnent à leurs enfants gouvernantes anglaises et précepteurs allemands : Marcel manifestant une étonnante précocité, dévore aussi bien des grammaires comparées que les contes d’E. Poe et maîtrise l’allemand et l’anglais dès l’âge de dix ans. Très bon élève, il publie à onze ans dans le journal de son père son premier article, consacré à Un Capitaine de quinze ans de Jules Verne.

1881-1882: Marcel Schwob part à Paris pour y faire faire ses études, et réside chez son oncle Léon Cahun à la Bibliothèque Mazarine. Le séjour est déterminant pour la vocation littéraire du jeune homme : bibliothécaire en chef de la Mazarine, Léon Cahun a rapporté de ses voyages en Asie Mineure, en Syrie et sur les bords de l’Euphrate des romans historiques et d’aventures documentés : Les Aventures du capitaine Magon, La bannière bleue, les Pilotes d’Ango, les Mercenaires, Hassan le Janissaire. « Son oncle Léon Cahun, que l’on appelle simplement un orientaliste mais dont l’érudition était universelle et auquel il faudra bien rendre, un jour, la justice qui lui est due » (Apollinaire) transmet à son neveu tant le goût de l’ethnologie que celui de l’archive et lui fait lire Villon et Rabelais.

Schwob suit les cours au Lycée Louis-Le-Grand où il fait la connaissance de Léon Daudet et de Paul Claudel qui demeurera son fidèle ami. « Déjà érudit mais dédaigneux du programme », selon les mots de Léon Daudet, il se distingue en latin, en anglais et en allemand, lit Shopenhauer, traduit Les Derniers jours d’Emmanuel Kant de Thomas de Quincey.

1883-1884: Schwob étudie la philologie et le sanscrit à l’Ecole des Hautes Etudes; il, entreprend de premières traductions (Catulle) et de nombreux poèmes (dont un Faust et un Prométhée, qu’il abandonnera) et s’essaye à des genres et des registres extrêmement variés, allant du conte merveilleux à la nouvelle naturaliste.

Découverte de Robert Louis Stevenson. Recalé au baccalauréat en juillet 1884, Schwob s’intéresse à la Rome antique, à ses bas-fonds, sa pègre et sa prostitution, en préparation d’un long récit qui deviendra Poupa, scène de la vie latine, son premier conte historique.

1885-1886: après avoir obtenu le baccalauréat, Schwob devance l’appel et effectue son service militaire à Vannes, au 35e régiment d’artillerie. Expérience vécue douloureusement, l’armée offre néanmoins à Schwob un immense champ d’enquête sociologique et ethnologique, qui sera exploité dans Cœur Double. Au contact des milieux populaires, Schwob découvre notamment la richesse et la complexité de l’argot parlé et s’exerce même à la rédaction d’un recueil de poèmes argotiques inspirés de Vidocq et de Lacenaire, la Lanterne rouge, où apparaît l’ombre de Gérard de Nerval.

1887-1889: échec au concours d’entrée à l’Ecole normale supérieure, mais réussite brillante à la licence. En Sorbonne, Marcel lit Aristote et Spinoza et découvre la philosophie continuiste professée par Émile Boutroux, pour lequel la contingence historique peut se résorber en un jeu à sommes nulles. La doctrine mystique selon laquelle la conscience peut « par la perception immobile d’un seul objet, supprimer le temps et créer l’éternité intensive » imprégnera les cycles historiques de la Légende des Gueux et des Vies imaginaires.

Schwob suit également à l’École des Hautes Études les cours des linguistes Ferdinand de Saussure et de Michel Bréal. La conception saussurienne du signe individuel comme faisant partie d’un système organisé et autonome transparaîtra dans la préface au Roi au Masque d’Or, qui transpose dans le vocabulaire de la linguistique comparée la doctrine Symboliste.

Rédaction d’une Etude sur l’argot français avec son ami Georges Guieysse, où Schwob défend l’idée que l’argot est le contraire d’une langue spontanée, mais une langue artificielle et codée ; il s’intéresse tout particulièrement à l’élucidation de l’œuvre de François Villon, qui demeurera sa grande passion, et dont la personnalité mystérieuse le fascine. Georges Guieysse se suicide quelques jours après la publication de l’étude.

Schwob publie dans le journal de son père une série de « notes sur Paris » (sur la chanson populaire, les bals publics, la vie de brasserie), et des articles critiques, en particulier sur Robert-Louis Stevenson avec qui il entame une correspondance. Publication des Trois Gabelous (Cœur Double) dans le Phare de la Loire.

1890: Schwob effectue des recherches aux Archives Nationales sur les documents du XVe siècle et met au jour avec l’historien Auguste
Longnon des documents essentiels sur la vie de Villon. « Il s’est épris des étranges malfaiteurs du moyen âge, des coquillards mystérieux, des redoutables mauvais garçons, de tout ce peuple souterrain qui composait « les classes dangereuses », aux mœurs singulières, aux coutumes peu
connues, à la langue attachante », note Bernard Lazare ; recherche qui aboutit, en 1892, à la publication dans la Revue des deux mondes d’une importante biographie de François Villon. Ces travaux, déterminants, furent l’objet de violentes attaques antisémites de Drumont dans la Libre parole.

Il s’installe rue de l’Université, dans un entresol encombré de livres dont l’étrangeté fascinera tous ses visiteurs. Correspondance avec le critique hollandais Byvanck, qui enquête sur la littérature contemporaine française, et collaboration à différents journaux : à Nantes le Phare (et le Petit Phare), auxquels il adresse des contes, des portraits, mais aussi, plusieurs fois par semaine, de petits éditoriaux sur les événements du jour ; et surtout à Paris, à l’Echo de Paris où publient Jean Lorrain, Octave Mirbeau, Remy de Gourmont, Guy de Maupassant, Jules Renard, Anatole France.

1891-93: Schwob prend la direction avec Catulle Mendès du supplément littéraire de l’Echo de Paris et devient un personnage important du monde littéraire parisien. Rencontre avec Jules Renard, dont il restera proche, qui le décrit en ces termes : « Schwob n’a pas vingt-quatre ans. Il en porte 30. Il a été refusé à l’École Normale par de la Coulonche, pour le discours français évidemment. Il a été reçu premier à la licence, avant les normaliens qui s’étaient présentés à Normale en même temps que lui. Il n’a jamais écrit une ligne qui ne fût payée, et il est entré à l’Événement, en écrivant de province, à Magnier, pour lui offrir de faire des chroniques. Il a le mépris des cheveux et se fait presque raser la tête. C’est un journaliste du genre savant et de l’espèce rare, un travailleur qui veut des choses, qui croit à des choses, méprise des choses; un indéchiffré encore pour moi » (16 février 1891).

Publication de Coeur double (1891), dédié à Stevenson, puis du Roi au masque d’or (1892), qui recueillent des contesà dominante fantastique.

« Marcel Schwob lit ses contes dans la petite chambrede la rue de l’Université, d’un ton péremptoire, d’une voix blanche ; sesauditeurs demeurent sous le magnétisme du regard illuminant le front de ce gros petit homme, à la figure douce et poupine, virgulée par la moustache chinoise qu’il portait alors » (P. Champion). « Il pense que nous arrivons tard et qu’il ne nous reste qu’une chose à faire après nos aînés: bien écrire », note Jules Renard.

En compagnie de Byvanck il rencontre Rodin, Catulle Mendès, Allais, Aristide Bruant, Verlaine, Renard, Monet, Barrès (de cette série d’entretiens naît Un Hollandais à Paris en 1891, publié en avril 1892 et préfacé par Anatole France). Schwob fréquente André Gide, Jean Lorrain, Georges Courteline, Octave Mirbeau, Oscar Wilde qu’il accompagne dans les salons parisiens. Il défend la première pièce de Claudel, Tête d’or, fait publier l’Ecornifleur de Renard.

Mort de George Schwob.

1893-94: Schwob s’intéresse au théâtre et notamment à l’œuvre d’Henrik Ibsen, sur laquelle il prononce plusieurs conférences. Il participe au Mercure de France, corrige Salomé d’Oscar Wilde et Pelleas
et Mélisande
de Maeterlinck et soutient Jarry. Il publie Mimes, supercherie érudite prenant forme d’un recueil de poèmes en prose présentés comme traduits du grec ancien.

Il fréquente le salon de Mallarmé et Paul Valéry, avec qui il se liera d’amitié et fait la connaissance de Colette, qui devient une amie proche.

Mort de Louise, atteinte de la tuberculose, le 7 décembre 1893, à l’âge de 25 ans. Jeune ouvrière à l’esprit enfantin qui se prostituait, Louise fut à Schwob ce que Ann fut à Thomas de Quincey. « J’ai pour maîtresse une toute petite fille qui est bien bête, mais si gentiment » (Journal de Jules Renard, 17 mars 1891).

Profonde dépression qui frappe tous ses amis « Schwob va vers la mort, et lui parti, je reprends mes soucis journaliers, ma vie puérile » ; « et nous égoïstes, nous étions agacés par cette façon de souffrir si longtemps à cause d’une morte » (Journal de Jules Renard, 6 mars et 30 mai 1894).

Évangile mystique et nihiliste narré par une enfant, le Livre de Monelle, « chef-d’oeuvre de tristesse et d’amour » (Gourmont), paraît à l’été 1894.

Premiers symptômes d’une maladie intestinale, dont Schwob tentera d’apaiser les douleurs par l’opium et l’éther.

Schwob se consacre notamment à la traduction d’auteurs anglais qu’il admire depuis l’enfance. Chez ses amis à dîner il apporte « son plat à lui », un livre anglais qu’il ouvre et traduit devant eux : un roman inconnu de Daniel Defoe, Moll Flanders.

1894-1895: Pour consoler Schwob de son deuil, Léon Daudet l’emmène en Hollande et en Angleterre, où ils rencontrent l’écrivain George Meredith. À son retour, il s’établit rue Vaneau, lisant jour et nuit, en particulier des histoires de flibustiers et de corsaires.

En juillet 1894, il annonce dans le Journal le cycle des Vies imaginaires, conçues comme la « vie de certains poètes, dieux, assassins et pirates ainsi que de plusieurs princesses et dames galantes ».

En novembre il prononce une conférence sur Annabella et Giovanni, une pièce du dramaturge élisabéthain John Ford qu’il a fait redécouvrir, et qui est représentée au Théâtre de l’Œuvre dans une traduction de Maeterlinck.

Rencontre avec la jeune actrice Marguerite Moreno, dont il tombe éperdument amoureux. Il l’épousera en 1900 à Londres.

Publication de la traduction de Moll Flanders. Dans le Journal paraissent, parallèlement aux Vies, les textes qui formeront la Croisade des enfants.

1896: alors que paraissent en volumes la Croisade des enfants et les Vies imaginaires, Schwob est hospitalisé dans la clinique du docteur Albarran. Il est opéré pour la première fois d’un mal mystérieux, qui sera diversement diagnostiqué. Il subira quatre autres opérations, qui le laisseront dans l’état d’un « chien vivisectionné », à la merci de la morphine.

Parution en volume de La Croisade des enfants, récit polyphonique inspiré d’une légende médiévale (le texte sera plus tard adapté musicalement par Gabriel Pierné) et des Vies imaginaires. Les critiques saluent un héritier du Nerval des Illuminés et du Flaubert de Salamnbô et de la Tentation.

Schwob publie également un recueil de ses principales préfaces et articles théoriques sous le titre Spicilège, et fait publier au Mercure de France Ubu roi de Jarry, qui lui est dédié.

1896-1900: Schwob déménage à de nombreuses reprises ; Il fréquente Gourmont, Mirbeau, Rodin, rencontre Montesquiou, qui lui offre un chat noir, et Marcel Proust, auquel il prête un livre.

À l’exception d’un conte, L’Étoile de bois, qui sera sa dernière oeuvre de fiction, Schwob travaille surtout pour le théâtre. Il traduit avec Eugène Morand Hamlet de Shakespeare: la pièce est jouée en 1899 par Sarah Bernhardt et entreprend également une pièce de théâtre, Jane Shore, qui ne sera jamais jouée.

Engagement journalistique pour défendre Dreyfus, qui lui vaut une rupture avec Léon Daudet et Paul Valéry.

1900-1901: Schwob se cloître en compagnie d’un chinois lettré, Ting-Tse-Ying, qu’il a recueilli à la fermeture du pavillon chinois de l’Exposition universelle, et qui lui sert de domestique, et reprend son projet d’un grand livre sur François Villon, qu’interrompt une nouvelle fois la maladie. Il s’éloigne d’André Gide après la parution des Nourritures terrestres, lui reprochant d’avoir plagié le Livre de Monelle, mais se lie avec Francis Jammes.

Après des séjours pénibles à Jersey en compagnie des marins et de Marion Crawford, et un voyage thérapeutique à Uriage, Schwob s’embarque en octobre 1901 pour les mers australes et Samoa, sur les traces de Stevenson, qui y était mort en décembre 1894; il passe par Suez et Port-Saïd, Aden, Ceylan, l’Australie, adressant des lettres à Marguerite qui forment un journal de voyage à la fois pittoresque et intérieur. Il parvient en décembre à Samoa, où il devient sous le nom de « Maselo » un « tulafale », un conteur public autour duquel s’assemblent les Samoans.

Atteint d’une violente pneunomie en janvier, il rembarque aussitôt.

1901-1905: à son retour, il traduit Macbeth, de Shakespeare, qu’il va lire à Sarah Bernhardt, et Francesca da Rimini, de Francis Marion Crawford.

Publication en mai 1903 des Mœurs des diurnales, satire féroce du langage journalistique. Schwob s’installe rue Saint-Louis-en-l’Isle où il reçoit notamment Pierre Louÿs, Apollinaire et Henri de Régnier ; Paul Léautaud se propose pour être son secrétaire. Lorsque sa santé lui permet de se
rendre à la Bibliothèque Nationale, Schwob travaille à son « grand livre » sur François Villon qui restera inachevé.

En décembre 1904, Schwob commence un cours à l’École des Hautes Études auquel assisteront notamment Catherine Pozzi, André Salmon, Max Jacob et Picasso. « Je revois la petite salle étroite, ayant pour tout mobilier une table de bois blanc et quelques chaises. Au dernier moment, on allume un fourneau à gaz. Marcel Schwob entre, blanc comme un cadavre. On lui met, sous les pieds, une bouillotte d’eau chaude ; il boit une gorgée d’eau, et d’une voix douce, si basse qu’elle ne dépasse guère les premiers rangs des chaises occupées une demi-heure à l’avance par ses admirateurs, il évoque Paris et Villon » (J. Clarétie).

Malgré, ou à cause de son état de santé, il séjourne en 1904 au Portugal, en Espagne et en Italie, puis en Suisse. Nombreux projets littéraires (une étude sur Dickens et le roman russe, une légende de Saint François d’Assise, un drame inspiré des Filles du Feu) qui resteront inachevés à l’exception des brefs « Dialogues d’Utopie » et de Il Libro della mia memoria, évocation de ses lectures d’enfance entremêlée de poésie mystique, qui paraît dans Vers et prose de Paul Fort.

Alors que Marguerite Moréno est en tournée, Marcel Schwob meurt d’une grippe le 26 février 1905, à l’âge de 37 ans. « Le lieu commun est vrai, note Léautaud devant sa dépouille, il avait bien l’air de dormir ».

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