Traductor de Faulkner

Resulta que dentro de seis meses, el 25 de septiembre para ser precisos, Faulkner cumple 111 años. Aún nos devanamos los sesos (y las carnes, diría él, si es verdad que la memoria cree antes que el conocimiento recuerde, como se apunta en el capítulo 6 de Luz de agosto) para aprender a ser sus contemporáneos. En otro lugar que ahora no recuerdo dice así: time is a bottomless bankless river, cosa que se entiende bien si se ve cómo fluyen detenidas las aguas del Mississippi, cómo se remansan en su cauce, y más si recuerda el alma dormida lo que ya dijo Jorge Manrique. Para entonces, por septiembre, habrá en castellano una traducción nueva de ¡Absalón, Absalón!, ficción suprema en el canon faulkneriano y, hablando en plata, una de sus tres o cuatro inexcusables novelas cumbre. Saldrá en Belacqva, en un sello llamado oportunamente «La otra orilla». Hacía falta hacerla, de lo cual se dio cuenta un editor de raza como es Pere Sureda. Ahora no voy a entrar en el porqué, pero conste que falta hacía. Entre otras cosas, porque era necesario reinstaurar un Faulkner traducido al castellano en su lugar correspondiente después que Faulkner se haya filtrado en la narrativa en lengua española por obra y gracia de Juan Benet y Javier Marías entre otros, pero éste sería cuento largo. Era en todo caso preciso que alguien la hiciera, y cuando me lo propuso no le pude decir que no, a pesar de la acusada tendencia Bartleby que uno tiene. (No tienen precio las camisetas que con el lema Bartleby ha puesto en circulación Antonio Ramírez, de La Central, aunque las venda a seis euros.) Tiempo habrá entonces de que hablen otros de esa novela. Yo ahora me limito a consignar una experiencia en la que la angustia de lo imposible ha corrido pareja al gozo inmenso de lo real. Ha sido, de largo, la traducción más difícil, más extenuante y más placentera que haré nunca (a menos que haga alguna vez otro Faulkner, y con el permiso de Beckett). Me ha servido para entender que los grandes escritores se traducen solos si uno sabe poner a su servicio todo su arsenal lingüístico, toda su paciencia de hilandera minuciosa, toda la sagacidad verbal que pueda tener, y no importa mucho que sea poca.

Miguel Martínez-Lage,El Pez de Tinta, 13. Lectura de ausencias”, La casa de los malfenti, verano 2008 (http://www.lacasadelosmalfenti.com/anumero27/pez.html)

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