Cunqueiro

No busco nada con este libro, ni siquiera la veracidad última de un gesto, aun cuando conozco el poder de revelación de la imaginación. Cuento como a mí me parece que sería hermoso nacer, madurar y navegar, y digo las palabras que amo, aquellas con las que pueden fabricarse selvas, ciudades, vasos decorados, erguidas cabezas de despejada frente, inquietos potros y lunas nuevas. Pasan por estas páginas vagos transeúntes, diversos los acentos, variados los enigmas. Canto, y acaso el mundo, la vida, los hombres, su cuerpo o sombra miden, durante un breve instante, con la feble caña de mi hexá­metro.

 

Al atardecer, del ferial bajo a la ciudad. Me gusta bajar por Santo Domingo, luego por Batitales al pie de las Concepcionistas… Al llegar a la Peña de Francia me detengo: un instante he creído que hacían música en la casa de los Luaces. ¿Es Pacheco que toca a Rossini en el pianoforte? ¿O es que en el silencio de la ciudad y de la tarde de otoño, mana en la ciudad una fuente musical y eterna? Sobre la fina línea rossiniania, se quiebran ahora las campanas de la Catedral y cuando llego a la plaza, me encuentro, sin saberlo, en el final apasionado de una deliciosa y sentimental fantasía. Tiene un nombre oscuro y vago: Mondoñedo.

 

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