Archivo mensual: mayo 2008

Epifanía Uveda de Robledo

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Traducción

 

Un caso al que no se refiere Umberto Eco en Dire quasi la stessa cosa. Esperienze di traduzione (Decir casi lo mismo, Lumen, 2008).

 

The End of the Tether, de Joseph Conrad, en España:

El cabo de la cuerda (Montaner y Simón)

Con la soga al cuello (Espasa Calpe)

Situación límite (Fontamara; Navona)

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Tipógrafo

En Marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana destreza, y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del Diario de Madrid. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de instructiva. Así es, que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente aplicación, buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante imprenta.

Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación, mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinte y cinco letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la composición, y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta.

Necesito explicarme mejor.

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Ratón de biblioteca

Video en el que actúan Pere Gimferrrer (personaje de la novela en marcha de Andrés Trapiello) y Rodrigo Fresán alabando un agradable libro menor.

http://www.youtube.com/watch?v=DKa7cP-JftI&eurl=http://www.angusiglesias.com/cuaderno-amarillo/?p=186

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Biblioteca

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Biblioteca

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Padre viudo

Cuando mi padre se quedó solo, solía ocurrirme, durante mis visitas, que al ir al cuarto de baño terminaba fregando el lavabo, limpiando la jabonera y enjuagando el vaso del cepillo de dientes, antes de volver a sentarme en el salón. Se empeñaba en lavarse la ropa interior y los calcetines en el cuarto de baño, por no tener que desprenderse de los cuatro cuartos que le habría costado utilizar la lavadora-secadora del servicio de lavandería del sótano; cada vez que iba a verlo me encontraba con esas prendas grisáceas, en perchas de alambres que colgaban de la barra de la ducha y de los toalleros. El presumía de ir siempre impecablemente vestido, y siempre le encantó llevar alguna nueva chaqueta deportiva de muy buen corte, o algún terno Hickey-Freeman (especialmente si lo había comprado en rebajas); pero le había dado por ahorrar en cualquier cosa que no estuviese a la vista de los demás. Daba la impresión de que sus pijamas y sus pañuelos, igual que su ropa interior y sus calcetines, llevaban sin renovar desde la muerte de mi madre.

Cuando llegué a su piso aquella mañana –tras la imprevista visita a la tumba de mi madre-, lo primero que hice fue pedir perdón por el retraso y encerrarme en el cuarto de baño. Antes me había equivocado de salida en la autopista, y ahora, en el cuarto de baño, me tomaba unos cuantos minutos más, para ensayar por última vez el mejor modo de abordar el tumor que aquejaba a mi padre. Allí, delante de la taza del inodoro, sus prendas interiores colgaban a mi alrededor, como estos trapos que ponen los agricultores para espantar los pájaros.

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